Cuando en
el ochenta y nueve
de la
década noventa
por fin la
gente revienta
aquel muro
de Berlín,
se gritó ha
llegado al fin
el mando
del comunismo.
¡Triunfó el
capitalismo,
que suene
fuerte el clarín!
Pero allá
en el camarín,
donde la
verdad se muestra,
una
realidad siniestra,
maquinada mucho
antes,
abandonara
los guantes
por otro
procedimiento,
menos
brutal y más lento,
con astucia
y sin levantes.
Siguieron muy
operantes
utilizando
otra vía
porque la
tal guerra fría
no les
traía ventaja,
se
vistieron la mortaja
para
esconder la viveza
y por bajo
de la mesa
repartieron
la baraja.
Por eso es
que se encoraja,
se apoya,
se reproduce,
se costea y
se conduce
toda la
forma de acción
que tenga
como función
derrumbar
los tres pilares,
que
sostienen, seculares,
nuestra
civilización.
La tarea es
destrucción
de
occidentales valores,
culpándolos
de opresores
de la
libertad humana:
La fe judaico-cristiana,
la griega
filosofía,
y el
derecho que venia
de nuestra
herencia romana.
Antes de
abrir la ventana
para
clarear el ambiente,
es
necesario y urgente
dar alguna
explicación
del cambio
y la solución,
cuando la
cuenta se dieron
que
martillo y hoz no fueron
a hacer más
revolución.
En la
ortodoxa visión
del profético
marxismo
el modo que
el comunismo
tenía para
triunfar,
era el
obrero luchar
para tomar
el poder
con matanza
por doquier
y así el
gobierno ocupar.
No es
necesario indicar
quienes
usaron la muerte,
cambiando
la propia suerte,
en nombre
del proletario,
un cómplice
temporario
que
atrapado en la ilusión
sacrificó
el corazón
al altar de
un dios sicario.
El dios
revolucionario,
engañador
de la gente,
domina el
alma y la mente
con su
canto de sirena.
Si
victorioso condena
hasta el
que ofertó su vida,
pensando
encontrar guarida
en el cubil
de la hiena.
Según,
Marx, lo que envenena
la
conciencia proletaria,
haciéndola
refractaria
a una
pronta rebelión,
es la arcaica
religión
con su
doctrinario impropio,
del pueblo no
es más que el opio,
hay que
obrar por su extinción.
Marx pregonaba
la unión,
de todos
los proletarios,
de la
ciudad, los agrarios,
contra el
mal capitalista.
Soñaba nuestro
analista,
con los obreros
de Europa
unidos todos
en tropa
bajo un
comando utopista.
El cuento de
ese cuentista
no se dio
como predicho,
porque se
esfumó el capricho
de fantasiosa
aventura.
Proletaria
dictadura
no hubo, pero
en la Guerra
los obreros,
por su tierra,
se mataron
con bravura.
En
continuada locura,
Marx se
puso a preguntar,
¿Cómo pudo
un peón luchar
con otro por
su patrón?
¡Clavado!
La religión
es el
factor cultural
que sirve
de antemural
para que no
haya la unión.
Siguió la
elaboración
del
marxista pensamiento,
recobrando
nuevo aliento
con dos
rojos pensadores:
Gramsci y
Lukács, hacedores
de todo ese
mecanismo
que hoy
rige el comunismo
en su
manera de actuar,
un camaleón
a cambiar
según el
oportunismo.
(sigue en otra oportunidad)
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